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Volando Volar es cruzar el aire, como hacen los pájaros, las mariposas y los soñadores. Volar en en el Totonacapan es distinto. Es bailar en círculos, tocando una flauta y un tambor, en la punta de un enorme poste; también es atar los piés a él y dejarse caer de cabeza para dar 13 vueltas en el aire, con los brazos extendidos y los ojos cerrados para no marearse, o quizás para concentrarse mientras se escucha la monótona música que parece venir del cielo. Mientras vuelan ¿en qué pensarán los totonacos? Los antiguos volaban ofrendando su valentía a la tierra, ellos eran el semen, la semilla de ese enorme poste que significa la vida. Árbol enorme cortado en días de fiesta por 30 hombres, los más jóvenes y fuertes que salían al bosque a buscar el más grande, el más resistente.
No importaba si se pasaban semanas ahí, comían hongos, hierbas, conejo y venado, tomaban pulque y alucinaban con que la Madre Tierra les daría la señal para hallarlo y la fuerza para traerlo. Y así era, nunca regresaban con las manos vacías.
Los de ahora vuelan por no olvidar, porque saben que la memoria es el alimento de la historia. Porque San Pedro, Santa María, Santo Domingo o el que sea que los está cuidando desde su nicho, los bendecirá con su cuidado y la no con muerte, con la siempre vida de seguir volando. Y seguirán cruzando el aire mientras abajo los esperan sus hijos, esposas, hermanos, padres y amigos que tal vez también han volado o volarán algun día. Porque todos pueden hacerlo. Hombres maduros y jóvenes, niños que van aprendiendo y ahora también las mujeres, vuelan con sus coloridos atuendos y botines, con espejitos redondos pegados a sus ropas. Influencias españolas no por eso deleznables, que dan al ritual del vuelo una espectacularidad irresistible. Híbrida costumbre que no deja de sorprendernos, podríamos pasar días seguidos viéndolos rodar en el cielo, en su palo volador, territorio vertical y efímero que le da de comer al estómago, al espíritu y a la historia.
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