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En una expedición anterior por Chiapas, encontramos que las cuevas más grandes, tenían de estas ollas y alguno lugareños conservan creencias sobre ellas, en particular de una cueva llamada Borovitz. En esta cueva, una gran escalera formada por pequeños charcos, bajan desde la entrada y a medio camino hay una gran olla incrustada en la calcita, sobre la que gotea el agua. Las mujeres del lugar estaban toalmente en contra de que nosotros entráramos a la cueva, porque podríamos perturbar a los espíritus. Al final de la escalera de charcos se abren dos pasajes. El de la izquierda conduce al cielo, éste pasaje es muy hermoso ya que contiene muchísimas estalacmitas. El de la derecha conduce al infierno. Cuando seguimos por éste, entramos a una pequeña caida en una cámara muy grande, la cual estaba habitada por cientos de murciélagos, una visión del infierno era facilmente imaginable desde ahí adentro. A la salida de la cueva encontramos que la entrada había sido adornada con guirnaldas para apaciguar a los dioses, y posiblemente para asegurarse de que regresaríamos sanos y salvos. Lo cual apreciamos muchísimo. En Cuetzalan no hemos escuchado nada acerca de creencias parecidas, aunque sí hemos encontrado ollas en dos de las cuevas. Una de ellas, la que vimos en el área de Alpazat, tiene un metro de altura. La otra, vista en el sistema de San Andrés, es una versión en pequeño de la anterior. Hay más señales de posibles vestigios prehispánicos: pequeños paredones construidos adentro de las cuevas, éstos lo vimos en Quichat, Tsalopan y Talcomitl. Definitivamente en México las cuevas tienen mucho mas de lo que esperamos.
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